El ser es lo que vale

El hombre se afana en descubrir a Dios, pero no se afana en descubrirse a sí mismo. ¿Cómo es ese hombre que busca a Dios? Si no te conoces a ti mismo, no podrás conocer a nadie. Te moverás como un autómata. Si provienes de una familia que se deprimía, tú seguirás deprimiéndote. Si tu familia ha sido agresiva, tú tomarás la agresividad como lo más corriente.

En otras culturas, cuando un hombre decide morir, elige al hijo mayor para que sea el que tenga el privilegio de tirar de la cuerda para ahorcarse, y los amigos y parientes celebran ese ahorcamiento con un banquete. Pues esto es una clase de programación como otra cualquiera. No es mejor ni peor que la que nosotros tenemos. Si las cosas que consideras malas no las haces porque te programaron para no hacerlas, ¿qué mérito tienes? El sentido de culpabilidad y el miedo que te han metido en el cuerpo, son la causa de que evites hacer las cosas que consideras malas. Actúas como un robot programado. Si no te paras, bien despierto, cada vez que vayas a decidir una cosa, a sopesar la realidad y las consecuencias que puedan sobrevenir de lo que vas a hacer, ¿cómo vas a ser responsable de lo que decidas?

De la otra manera, aun cuando no seas culpable de una programación que te han impuesto sin tu consentimiento, sí eres culpable de decidir por hábito sin preocuparte de las consecuencias. Tienes la obligación de despertar, y una vez despierto y consciente, ya eres libre para decidir lo que quieres.
Conócete bien a ti mismo y de dónde proceden tus motivaciones antes de juzgar malo o bueno nada ni a nadie.
¡Dios nos libre de los que se creen santos! Decía santa Teresa: “A es e señor, si no fuese tan santo, sería más fácil convencerlo de que anda equivocado.”

Los que mataron a Jesús, si nos creemos que eran malos, es que no hemos entendido para nada el Evangelio.
Los fariseos eran los buenos, y los publicanos eran considerados bandidos, porque cobraban los impuestos a los pobres y se sometían a los ricos. Se los consideraba -con razón- los exprimidores de los pobres, pues los ricos nunca pagaban. El recaudador era un hombre protegido por el Gobierno, y por eso se lo llamaba publicano. Pues bien, Jesús trataba con ellos, y de entre estos publicanos, Jesús sacó un amigo, uno de sus Apóstoles.

Dicen que Gandhi hablaba primero y después practicaba, y que Jesús prac ticaba antes de hablar, y por eso nadie podía prever lo que iba a hacer. Si hoy viviese con nosotros sería, a lo mejor, hasta capaz de ir a comer con Reagan (¡que ya es mucho!), escandalizándonos a todos los que creemos tenerlo todo claro.
Jesús desmontó y rompió todos los esquemas y cuestionó las palabras sagradas de la Biblia. Cuestionó su interpretación y la manipulación que se hizo de ellas. A Jesús no le interesaba que lo reconociesen como Mesías, el Mesías que ellos esperaban, sino que quería ser Él mismo fiel a la verdad.

En la presencia de Jesús todo ser queda desvelado; no hay medias tintas, porque Jesús es la plena autenticidad. “Si no odias a tu padre y a tu madre…” no eres tú mismo y no podrás seguirlo. Odiar la figura del padre y la de la madre, no a la persona, es lo que está diciendo Jesús. Si aún vives de lo que tus padres grabaron en tu mente, y no eres capaz de emanciparte, es como si tus padres y su cultura respondieran por ti.

Más vale la conciencia que la adoración, por que la conciencia es, en sí, adoración, despertar a la verdad de Dios.

“Más vale el hombre que el sábado”, dijo Jesús, contrariando la programación más seguida por la religión judía.
Y por eso mataron a Jesús, por blasfemo. ¡Cuántas veces habremos crucificado a Jesús con nuestras buenas intenciones! Krisnamurti dice: “Todo conocimiento corrompe. Todo pensamiento y concepto corrompen. Somos esclavos de ellos.” “Perdónalos, Padre, que no saben lo que hacen.” No crucificaban a Jesús sino sus conceptos.

Al decir hombre, ¿a quién me refiero? Si nos referimos a la palabra “hombre”, sin concepto, es un nombre genérico, un hombre libre de toda añadidura, como cuando digo árbol. Estoy nombrando a un hombre sin historia, sin cultura, sin sexo, que se puede aplicar tanto al hombre cavernario como al de ahora; al niño y al viejo; a la mujer y al varón; al chino como al africano.

Cuando hablamos del hombre general, pues, hemos de desnudarlo de todo concepto. Ningún concepto puede definir a Dios. Santo Tomás dice que hay tres maneras de conocer a Dios: en la Creación, en la actividad (la vida) y en la oración, pero que la manera más real es conocerlo como El Gran Desconocido.

Si no te conoces a ti mismo, no podrás conocer a nadie. Te moverás como un autómata.

Anthony de Mello

copyright© 2006 design.mpr

Comments are closed.