Elías y la segunda oportunidad

Carlos Castaneda cuenta cómo el maestro de su maestro, Julián Osorio, Se transformó en un nagual -una especie de hechicero, según ciertas tradiciones mexicanas.

Julián trabajaba como actor en un teatro itinerante en el interior de México. Sin embargo, la vida de artista no era más que un pretexto para escapar de las convenciones impuestas por su tribu: la verdad, lo que más le gustaba a Julián era beber y seducir a las mujeres -cualquier tipo de mujer-que encontraba durante sus presentaciones teatrales. Exageró tanto, le exigió tanto a su salud, que terminó contrayendo tuberculosis.

Elías, un hechicero muy conocido entre los indios yaquis, daba su paseo vespertino cuando encontró a Julián tirado en el campo; sangraba por la boca, y la hemorragia era tan intensa, que Elías -que era capaz de ver el mundo espiritual-percibió que la muerte del pobre actor ya estaba próxima.

Usando algunas hierbas que llevaba en la bolsa, consiguió detener la hemorragia. Después, se volvió hacia Julián:

-No puedo curarlo -dijo. -Todo lo que podía hacer ya lo hice. Su muerte está próxima.

-No quiero morir, soy joven -respondió Julián.

Elías, como todo nagual, estaba más interesado en comportarse como un guerrero -concentrando su energía en la batalla de su vida-que ayudando a alguien que nunca había mostrado respeto por el milagro de la existencia. Sin embargo, sin lograr explicarse porqué, decidió acceder a su pedido.

-Vaya a las cinco de la madrugada para las montañas -dijo. -Espéreme a la salida del poblado. No falte. Si usted no viene, va a morir antes de lo que piensa: su único recurso es aceptar mi invitación. Nunca podré reparar el daño que usted ya hizo a su cuerpo, pero puedo detener su avance hacia el precipicio de la muerte. Todos los seres humanos caen en este abismo, más pronto o más temprano; usted está a pocos pasos de él, y no puedo hacerlo retroceder.

-¿Qué puede hacer entonces?

-Puedo hacer que camine por el borde del abismo. Voy a desviar sus pasos para que usted siga por la enorme extensión de esta margen entre la vida y la muerte; puede ir a derecha e izquierda, pero mientras que no caiga en él, podrá continuar vivo.

El nagual Elías no esperaba gran cosa del actor, un hombre prejuicioso, libertino, y cobarde. Se quedó sorprendido cuando a las cinco de la mañana del día siguiente, lo encontró esperando en uno de las salidas del pueblito. Lo llevó para las montañas, le enseñó los secretos de los antiguos naguales mexicanos, y con el tiempo Julián Osorio se transformó en uno de los más respetados hechiceros yaquis. Nunca se curó de la tuberculosis, pero vivió hasta los ciento siete años, siempre caminando por el borde del abismo.

Cuando llegó el momento indicado, comenzó a aceptar discípulos, y tuvo a su cargo el entrenamiento de Don Juan Matus, quien a su vez le enseñó las antiguas tradiciones a Carlos Castaneda. Castaneda, con su serie de libros, terminó por hacer conocer estas tradiciones en el mundo entero.

Una tarde, conversando con otra discípula de Don Juan, Florinda, ella comentó:

-Es importante para todos nosotros tener en cuenta el camino del nagual Julián al borde del abismo. Nos hace entender que todos tenemos una segunda oportunidad, aún cuando estemos muy cerca de desistir.

Castaneda estuvo de acuerdo: examinar el camino de Julián significaba entender su extraordinaria lucha para mantenerse vivo. Entender que esta lucha se libraba segundo a segundo, sin ningún descanso, contra los malos hábitos y la autocompasión. No se trataba de una batalla esporádica, sino de un esfuerzo disciplinado y constante para mantener el equilibrio; cualquier distracción o momento de debilidad podría arrojarlo al abismo de la muerte.

Sólo había una manera de vencer las tentaciones de su antigua vida: enfocar toda su atención en el borde del abismo, concentrarse en cada paso, mantener la calma, no tener apego a nada más allá del momento presente.

O sea, el tipo de camino que todo ser humano tiene que recorrer; el problema es que nadie se da cuenta de que está siempre al borde del abismo.

Paulo Coelho

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