Nhä chica de baependi

¿Qué es un milagro?

Existen definiciones de todo tipo: algo que va contra las leyes de la naturaleza, intercesiones en momentos de crisis profunda, cosas científicamente imposibles, etc.

Yo tengo mi propia definición: milagro es aquello que llena nuestro corazón de paz. A veces se manifiesta bajo la forma de una cura, de un deseo cumplido, no importa -el resultado, es cuando ocurre el milagro, sentimos una reverencia profunda por la gracia que Dios nos concedió.

Hace veintitantos años, cuando yo vivía mi época hippie, mi hermana me propuso que fuera el padrino de su primera hija. Me encantó la invitación, me alegró que no me pidiera que me cortara el pelo (en esa época, me llegaba a la cintura), ni me exigiera un regalo caro para la ahijada (no habría tenido con qué comprarlo).

La hija nació, pasó el primer año, y el bautismo no llegaba nunca. Pensé que mi hermana había cambiado de idea, fui a preguntarle qué sucedía, y ella me respondió: “Tú sigues siendo el padrino. Sucede que le hice una promesa a Nhá Chica, y quiero bautizarla en Baependi, porque ella me concedió una gracia”.

No sabía dónde quedaba Baependi, y jamás había oído hablar de Nhá Chica. La época de los hippies pasó, me transformé en ejecutivo de una empresa discográfica, mi hermana tuvo otra hija, y del bautismo, nada. Finalmente, en 1978, la decisión fue tomada, y las dos familias -la de ella y la de su ex-marido-fueron a Baependi. Allí descubrí que la tal Nhá Chica, que no tenía dinero ni para su propio sustento, había pasado treinta años construyendo una iglesia y ayudando a los pobres.

Yo salía de un período muy turbulento de mi vida, y ya no creía en Dios. O mejor dicho, ya no me parecía que buscar el mundo espiritual tuviera mucha importancia: lo que contaba eran las cosas de este mundo, y los resultados que pudiera obtener. Había abandonado mis sueños locos de juventud -entre los cuales estaba el de ser escritor-y no quería volver a tener ilusiones. Me encontraba en esa iglesia nada más que para cumplir un deber social; mientras esperaba el momento del bautismo, empecé a pasear por los alrededores, y terminé por entrar en la humilde casa de Nhá Chica, al lado de la iglesia. Dos cuartos y un pequeño altar, con algunas imágenes de santos, y un vaso con dos rosas rojas y una blanca.

Siguiendo un impulso, diferente de todo aquello que yo pensaba en esa época, hice un pedido: si algún día consiguiera ser el escritor que quise ser y que ya no quiero más, volveré aquí al cumplir cincuenta años, y traeré dos rosas rojas y una blanca.

Nada más que para recordar el bautismo, compré un retrato de Nhá Chica. Durante la vuelta a Río, el desastre: un ómnibus aparece repentinamente frente a mí, desvío el auto en una fracción de segundo, mi cuñado también logra desviarse, el auto que viene atrás embiste el ómnibus, hay una explosión, varios muertos. Nos detenemos al costado del camino, sin saber qué hacer. Busco un cigarrillo en el bolsillo, y veo el retrato de Nhá Chica. Silencioso en su mensaje de protección.

Allí comenzó mi viaje de regreso a los sueños, a la búsqueda espiritual, a la literatura, y un día me ví de nuevo en el Buen Combate, aquel que uno inicia con el corazón lleno de paz, porque es resultado de un milagro. Nunca me olvidé de las tres rosas. Finalmente, los cincuenta años -que en aquella época parecían tan distantes-terminaron llegando.

Y casi pasan. Durante la Copa del Mundo, fui a Baependi a cumplir mi promesa. Alguien me vió llegar a Caxambú (donde pernocté), y un periodista me vino a entrevistar. Cuando le conté lo que estaba haciendo allí, me pidió:

-Hable sobre Nhá Chica. Su cuerpo fue exhumado esta semana, y el proceso de beatificación está en el Vaticano. Es necesario que la gente dé su testimonio.

-No -dije yo. -Es una historia muy íntima. Sólo hablaría de ella si recibiera una señal.

Y pensé para mí mismo: “¿Y cuál podría ser la tal señal? ¡Si por lo menos alguien hablara en nombre de ella!”

Al día siguiente, tomé el auto, las flores, y fui a Baependi. Me detuve a cierta distancia de la iglesia, recordando al ejecutivo de la casa discográfica que había estado allí tanto tiempo atrás, y las muchas cosas que me habían hecho retornar. Cuando estaba por entrar en la casa, una mujer joven salió de una tienda de ropa:

-Ví que su libro “Maktub” está dedicado a Nhá Chica -dijo ella. -Estoy segura que ella se alegró por eso.

Y no me pidió nada. Pero esa era la señal que estaba esperando. Y éste es el testimonio público que debía rendir.

Paulo Coelho

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