El aula de la lección

Hubo una vez un humano al que llamaremos Quién. El género de Quién no es importante en esta historia, pero puesto que no disponen ustedes de una palabra adecuada para designar a una persona de género neutral, lo llamaremos el Quién humano, de modo que Quién pueda abarcar a todos los hombres y a todas las mujeres por igual. No obstante, y simplemente por motivos de traducción, diremos que Quién es él.

Como todos los humanos de su cultura. Quién vivía en una casa, pero sólo se sentía preocupado por el espacio en el que vivía, puesto que era exclusivamente suyo. Su habitación era hermosa y él estaba encargado de mantenerla de ese modo, cosa que hacía.

Quién llevaba una buena vida y se encontraba en una cultura en la que nunca padecía escasez de comida, pues ésta era abundante. Tampoco tenía nunca frío, puesto que siempre estaba a cubierto. A medida que Quién fue creciendo, aprendió muchas cosas sobre sí mismo. Aprendió las cosas que hacían que se sintiera feliz, y encontró objetos que podía colgar de la pared y a los que miraba, para sentirse feliz. Quién también aprendió acerca de las cosas que le hacían sentirse triste, y aprendió a colgarlas de la pared cuando deseaba sentirse triste. Quién aprendió además las cosas que hacían que se sintiera colérico, y descubrió cosas que recoger y colocar en la pared, y a las que podía mirar cuando elegía sentirse colérico.

Como sucede con los otros humanos, Quién tenia muchos temores. Aunque contaba con los elementos básicos para la vida, temía a otros humanos y a ciertas situaciones. Temía a aquellos humanos y situaciones que pudieran producir cambio, pues se sentía seguro y estable con las cosas, tal como estaban, y había trabajado duro para conseguir que estuvieran así. Quién temía las situaciones que aparentemente pudieran tener control sobre su estancia estable, y temía a los humanos que controlaban esas situaciones.

De los otros humanos aprendió cosas sobre Dios. Le dijeron que ser un humano era una cosa muy pequeña, y él lo creyó así. Al fin y al cabo, miró a su alrededor y vio a millones de humanos, mientras que sólo había un Dios. Se le dijo que Dios era todo y que él no era nada; pero ese Dios, en su infinito amor, respondería a las oraciones de Quién si él rezaba con intensidad y tenía integridad a lo largo de su vida. Así pues. Quién, que era una persona espiritual, le rezó a Dios para que los humanos y las situaciones que temía no crearan cambios, de modo que su estancia pudiera permanecer tal como estaba, sin alteración alguna, y Dios respondió a la petición de Quién.

Quién temía el pasado, pues le recordaba de algún modo cosas desagradables, así que le rezó a Dios para que bloqueara esas cosas de su memoria, y Dios respondió a la petición de Quién. Quién también temía el futuro, pues contenía el potencial para el cambio, y eso era algo oscuro, incierto y oculto para él. Quién rezó a Dios para que el futuro no produjera cambio alguno en su estancia, y Dios respondió a su petición.

Quién nunca se aventuraba muy lejos de su estancia, pues todo lo que realmente necesitaba como humano se encontraba en un rincón. Cuando sus amigos acudían a visitarlo, ese era el rincón que él les mostraba, y se sentía satisfecho con ello.

Quién observó por primera vez movimiento en el otro rincón cuando tenía aproximadamente 26 años. Se asustó mucho e inmediatamente le rezó a Dios para que eso desapareciera, pues le sugería que no se encontraba a solas en su estancia. Eso no era para él una condición aceptable. Dios respondió a la petición de Quién y el movimiento se detuvo, y Quién ya no lo temió más.

Cuando tenía 34 años eso regresó, y Quién pidió una vez más que se detuviera, pues tenía mucho miedo. El movimiento se detuvo, pero no antes de que Quién viera algo que había pasado completamente por alto en el rincón: ¡era otra puerta! Sobre la puerta descubrió una escritura extraña, y Quién temió lo que eso pudiera implicar.

Quién preguntó a los líderes religiosos acerca de esa extraña puerta y del movimiento, y ellos le advirtieron que no se acercara a ella pues, según le dijeron, era la puerta que conducía a la muerte, y ciertamente moriría si su curiosidad se convertía en acción. También le dijeron que la escritura sobre la puerta era maligna, y que no debería volver a mirarla. En lugar de eso, lo animaron a participar en un ritual con ellos, y a entregar su talento y sus ganancias al grupo, a cambio de lo cual le dijeron que se sentiría bien.

Cuando Quién tenía 42 años el movimiento regresó de nuevo. Aunque esta vez no sintió tanto miedo, pidió nuevamente que se detuviera, y así ocurrió. Dios era bueno con él al responder de una forma tan completa y rápida. Quién se sintió capacitado por los resultados de sus oraciones.

Cuando Quién cumplió los 50 años se puso enfermo y murió, aunque no fue realmente consciente de ello cuando ocurrió. Observó de nuevo el movimiento en el rincón, y rezó una vez más para que se detuviera, pero en lugar de ello, el movimiento se hizo más claro y se le acercó más. Lleno de temor, Quién se levantó de la cama, sólo para descubrir que su cuerpo terrenal permanecía donde estaba, y que él estaba ahora en forma de espíritu. A medida que el movimiento se le acercó más, Quién empezó a reconocerlo de algún modo, y sintió curiosidad, en lugar de sentirse asustado, y el cuerpo de su espíritu le pareció de algún modo natural.

Quién vio ahora que el movimiento lo producían en realidad dos entidades que se le aproximaron. Al acercársele, las figuras blancas brillaban como si tuvieran luz propia que emanara de su interior. Finalmente, se encontraron ante él y Quién se quedó asombrado ante su majestuosidad, pero no tenía miedo.

Una de las figuras le habló a Quién y le dijo: «Ven, querido, es el momento de marcharse». La voz de la figura estaba llena de suavidad y de familiaridad. Sin la menor vacilación, Quién se marchó con las dos figuras. Empezaba a recordar lo familiar que le era todo esto, y al mirar hacia atrás vio su cadáver aparentemente dormido sobre la cama. Se sintió lleno de un sentimiento maravilloso, y no pudo explicarlo. Una de las entidades lo tomó de la mano y lo condujo directamente hacia la puerta con la extraña escritura. La puerta se abrió y los tres la cruzaron.

Se encontró en un largo pasillo, con puertas que daban a habitaciones, situadas a cada lado. Quién pensó para sí mismo: «Esto es una casa mucho más grande de lo que había imaginado». Quién observó la primera puerta, que contenía más escritura extraña. Habló con una de las entidades blancas. «¿Qué hay en esta primera puerta situada a la derecha?» Sin decirle una sola palabra, la figura blanca abrió la puerta y le indicó a Quién que entrara. Al entrar. Quién se sintió extrañado. Amontonadas desde el suelo hasta el techo había muchas más riquezas de las que hubiera podido soñar en sus fantasías más desbocadas. Había barras de oro, perlas y diamantes. En una esquina había tantos rubíes y piedras preciosas como para llenar todo un reino. Miró a sus compañeros blancos y luminosos y preguntó: «¿Qué es este lugar?». La figura blanca más grande le contestó: «Esta es tu habitación de la abundancia si hubieras deseado entrar en ella. Te pertenece incluso ahora y permanecerá aquí, para ti, en el futuro». Quién se quedó anonadado ante esta información.

Al regresar al pasillo. Quién preguntó qué había en la primera habitación a la izquierda, otra puerta con escritura que, de algún modo, empezaba a cobrar sentido para él. Cuando la figura blanca abrió la puerta, le dijo: «Esta es tu habitación de paz, si hubieras deseado utilizarla». Quién entró en la habitación, con sus amigos, para verse únicamente rodeado por una espesa niebla blanca, una niebla que parecía estar viva, pues inmediatamente envolvió su cuerpo y Quién la respiró en su interior. Se sintió imbuido de una gran sensación de comodidad y supo que ya nunca más volvería a tener miedo. Sintió la paz hasta donde nunca había podido experimentar. Hubiera querido quedarse, pero sus compañeros le indicaron que continuara, y regresaron de nuevo al largo pasillo.

Había otra habitación a la izquierda. «¿Qué hay en esta habitación?», preguntó Quién. «Es un lugar donde sólo tú puedes entrar», le contestó la figura de blanco más pequeña. Quién entró en la habitación y se encontró inmediatamente lleno de una luz dorada. Sabía lo que era esto. Era la misma esencia de Quién, su iluminación, su conocimiento del pasado y del futuro. Eso era el almacén de espíritu y amor de Quién. Lloró de alegría y permaneció allí absorbiendo la verdad y la comprensión durante un prolongado período de tiempo. Sus compañeros no entraron en la habitación y fueron pacientes.

Finalmente, Quién salió de nuevo al pasillo. Había cambiado. Miró a sus compañeros y los reconoció. «Vosotros sois los guías», afirmó Quién con naturalidad. «No, somos tus guías», le dijo el más grande de los dos. Continuaron los tres, unidos en perfecto amor. «Hemos estado aquí desde tu nacimiento y sólo por una razón, para amarte y ayudarte a mostrarte la puerta. Tuviste miedo y pediste que nos retirásemos, y así lo hicimos. Estamos a tu servicio en el amor, y honramos tu encarnación de expresión.» Quién no percibió ninguna reprimenda en sus palabras. Se dio cuenta de que ellos no le juzgaban, sino que lo honraban, y sintió su amor.

Miró hacia las puertas y ahora pudo leer la escritura. Mientras fue conducido a lo largo del pasillo, encontró puertas marcadas como «Contrato de curación», y otra marcada como «Alegría». Quién vio mucho más de lo que hubiera deseado, pues a lo largo del pasillo había puertas con nombres de niños no nacidos, e incluso una de ellas marcada como «Líder del mundo». Quién empezó a darse cuenta de todo aquello que se había perdido. Y entonces, como si los guías le leyeron el pensamiento, le dijeron: «No le reproches nada a tu espíritu, pues eso es inapropiado y no sirve a tu magnificencia». Quién no comprendió por del todo estas palabras. Miró hacia atrás, a lo largo del pasillo, hacia el punto por donde había entrado por primera vez y vio la escritura en la puerta, la escritura que originalmente tanto le había asustado. La escritura correspondía con la de un nombre, ¡su propio nombre!, su verdadero nombre, con lo que ahora comprendía todo plenamente.

Quién conocía la rutina, pues ahora lo recordaba, y ya no era Quién. Se despidió de sus guías y les dio las gracias por su fidelidad. Permaneció durante mucho tiempo mirándolos y amándolos. Luego, Él se volvió para caminar hacia la luz, al final del pasillo. Ya había estado antes aquí. Sabía lo que le esperaba en su breve recorrido de tres días por la cueva de la creación para retirar su propia esencia, para pasar luego al salón del honor y la celebración, donde le esperaban todos aquellos que le amaban tiernamente, incluidos aquellos a los que Él había amado y perdido mientras estuvo en la Tierra.

Sabía dónde había estado y hacia dónde se dirigía ahora. Quién se dirigía de regreso al hogar.

Lee Carroll

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